Cerebro y plasticidad: la capacidad de transformarse a lo largo de la vida

Foto de David Matos en Unsplash

Durante mucho tiempo se pensó que el cerebro alcanzaba su desarrollo máximo en la juventud y luego quedaba prácticamente “fijo”. Hoy sabemos que no es así: el cerebro es un órgano dinámico, en constante cambio. Esta capacidad de reorganizarse y crear nuevas conexiones neuronales se conoce como plasticidad cerebral.

Lejos de ser un proceso limitado a la infancia, la plasticidad acompaña a lo largo de toda la vida y representa una de las mayores fuentes de resiliencia y adaptación del ser humano.

¿Qué es la plasticidad cerebral?

La plasticidad cerebral es la habilidad del sistema nervioso para modificar su estructura y funcionamiento en respuesta a la experiencia, al aprendizaje y a los cambios internos o externos del organismo. Esto ocurre mediante varios mecanismos:

  • Fortalecimiento o debilitamiento de sinapsis (las conexiones entre neuronas).

  • Formación de nuevas neuronas en regiones específicas, como el hipocampo (proceso llamado neurogénesis).

  • Poda sináptica, es decir, la eliminación de conexiones poco utilizadas para favorecer las más eficientes.

Estos procesos hacen que el cerebro no sea un sistema rígido, sino un tejido vivo que responde de manera activa a cómo pensamos, sentimos y nos relacionamos con el entorno. Un órgano extremadamente dinámico y adaptable en cualquier etapa de la vida.

Evidencias científicas

Un estudio clásico de Draganski y colaboradores (2004) mostró que personas que aprendieron a hacer malabares desarrollaron un aumento de materia gris en áreas relacionadas con la coordinación visuomotora, cambios que desaparecieron al dejar de practicar(Draganski et al., Nature, 2004).

La investigación en neurociencia también ha demostrado que el ejercicio físico, el aprendizaje de nuevos idiomas o la práctica musical producen cambios estructurales y funcionales en el cerebro (Herholz & Zatorre, Annals of the New York Academy of Sciences, 2012).

Por otro lado, se ha visto que el estrés crónico y la inflamación sostenida pueden limitar la plasticidad, reduciendo la neurogénesis y afectando la memoria y la capacidad de adaptación (McEwen, Annual Review of Neuroscience, 2017).

Un dato sorprendente proveniente de un estudio publicado en Nature Neuroscience en 2025 muestra que, aunque la corteza cerebral tiende a adelgazar con la edad, algunas capas específicas —en especial en áreas sensoriales— permanecen estables o incluso se engrosan con el paso del tiempo, probablemente porque siguen siendo activamente utilizadas. Esta evidencia confirma que la neuroplasticidad se mantiene viva también en etapas avanzadas de la vida, contribuyendo a una resiliencia funcional más allá de la infancia o la juventud (Liu et al., 2025).

En conjunto, estas evidencias nos muestran que el cerebro conserva un potencial de cambio mucho más amplio de lo que antes se creía. Esta es una buena noticia: significa que, además de lo que la ciencia observa en el laboratorio, también nuestras elecciones diarias pueden marcar una diferencia. Veamos qué prácticas favorecen esta plasticidad en la vida cotidiana.

Plasticidad en la vida cotidiana

La plasticidad no es un concepto abstracto, sino algo que vivimos todos los días:

  • Aprendizaje y memoria: cada vez que adquirimos un conocimiento nuevo, el cerebro reorganiza sus redes.

  • Recuperación tras lesiones: después de un accidente cerebral, el cerebro puede “reorganizarse” para compensar funciones perdidas.

  • Salud mental: la plasticidad es clave en la resiliencia, en la superación de experiencias traumáticas y en terapias que buscan reestructurar patrones de pensamiento y emoción.

Además, esta capacidad se expresa de manera diferente según la etapa vital. Durante la infancia es más rápida y amplia, en la adultez se vuelve más específica y, en el envejecimiento, aunque disminuye, nunca desaparece.

Cómo estimular la plasticidad cerebral

Cuidar y favorecer la plasticidad es una forma de invertir en nuestro bienestar presente y futuro. Algunas prácticas con evidencia científica son:

  • Ejercicio físico regular: favorece la neurogénesis y la liberación de factores de crecimiento neuronal.

  • Aprender cosas nuevas: desde un idioma hasta tocar un instrumento, cocinar una receta diferente o practicar manualidades.

  • Descanso reparador: el sueño consolida la memoria y fortalece las conexiones neuronales.

  • Alimentación equilibrada: antioxidantes, omega-3 y una dieta variada reducen la inflamación y apoyan la función cerebral.

  • Mindfulness, la Biodinámica Craneosacral (BCS) y otras terapias somáticas: reducen el estrés, regulan el sistema nervioso y abren espacio para la reorganización interna.

Una invitación al cambio

El cerebro es un reflejo vivo de nuestra historia, pero también de nuestro presente y de lo que queremos construir en el futuro. La plasticidad cerebral nos recuerda que nunca es tarde para aprender, para crear nuevas rutas de pensamiento y para transformar la manera en que vivimos nuestras experiencias.

Cada pequeño gesto –un hábito, una práctica, una mirada diferente hacia lo cotidiano– puede dejar huella en nuestro sistema nervioso. Y esa huella es la base de nuestra capacidad de crecer y adaptarnos en cualquier etapa de la vida, un proceso que no depende solo de lo que pensamos o aprendemos, sino también del cuidado que damos al sistema nervioso. La Biodinámica Craneosacral es una herramienta clave para acompañar este camino de manera consciente y respetuosa, y cada sesión se convierte en un espacio donde tu sistema nervioso puede activar sus propios recursos de reorganización y adaptación.


Referencias:

Draganski, B. et al. (2004). Changes in grey matter induced by training. Nature, 427(6972), 311–312.

Herholz, S. C., & Zatorre, R. J. (2012). Musical training as a framework for brain plasticity: behavior, function, and structure. Annals of the New York Academy of Sciences, 1252(1), 179–196.

McEwen, B. S. (2017). Neurobiological and systemic effects of chronic stress. Annual Review of Neuroscience, 40, 373–397.

Liu, P., Doehler, J., Kühn, E., et al. (2025). Layer-specific changes in sensory cortex across the lifespan in mice and humans. Nature Neuroscience.

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