Interocepción: qué significa realmente escuchar al cuerpo
Foto de Xiao Cui
A veces nos damos cuenta de que estamos cansados cuando ya estamos agotados. De que tenemos hambre cuando empezamos a sentirnos irritables o sin energía. De que necesitamos parar cuando llevamos horas, o incluso días, ignorando pequeñas señales de tensión, incomodidad o sobrecarga.
El cuerpo, sin embargo, no ha empezado a hablar en ese momento. Llevaba haciéndolo mucho antes.
Nuestra vida depende de una comunicación continua entre el organismo y el cerebro. El ritmo cardíaco, la respiración, la temperatura, el grado de distensión del estómago o de la vejiga, las necesidades energéticas, el dolor o determinadas modificaciones viscerales generan información que el sistema nervioso recibe, integra e interpreta constantemente.
A este complejo proceso lo llamamos interocepción.
Durante mucho tiempo se habló de ella simplemente como la capacidad de percibir lo que ocurre dentro del cuerpo. Hoy sabemos que es algo bastante más complejo. La interocepción no consiste solamente en sentir una señal interna, sino también en prestarle atención, discriminarla, integrarla con otras informaciones y atribuirle significado.
Y aquí aparece una distinción fundamental: sentir más no significa necesariamente sentir mejor.
Un sentido que mira hacia dentro
Estamos acostumbrados a pensar en los sentidos como ventanas abiertas hacia el exterior. Vemos, escuchamos, olemos, tocamos y percibimos el mundo que nos rodea.
Pero una parte esencial de nuestra experiencia procede de otra dirección.
La interocepción informa al sistema nervioso sobre el estado interno del organismo. Participa en procesos tan básicos como la regulación de la temperatura, el hambre, la sed, la respiración, la función cardiovascular o las necesidades energéticas, pero también interviene en dimensiones mucho más complejas de nuestra experiencia, como la emoción, la motivación y la percepción subjetiva de bienestar.
No debemos confundirla con la propiocepción, que nos permite conocer la posición y el movimiento de nuestro cuerpo en el espacio, ni con la exterocepción, que recoge información procedente del entorno.
Estas modalidades sensoriales, sin embargo, no funcionan de manera aislada. El cerebro integra continuamente información procedente del interior y del exterior para orientar nuestra conducta y ajustar las respuestas del organismo.
El cuerpo no envía simplemente mensajes al cerebro
Hablar de “señales del cuerpo” puede hacer pensar en una comunicación sencilla y lineal: el cuerpo produce una sensación, el cerebro la recibe y nosotros tomamos conciencia de ella.
La realidad es bastante más interesante.
Gran parte de la información interoceptiva se procesa sin llegar a nuestra conciencia. No necesitamos pensar en cada ajuste de la presión arterial, de la respiración o de la temperatura corporal para que estos mecanismos se regulen.
Cuando una señal llega a formar parte de nuestra experiencia consciente, además, no aparece en un vacío. El cerebro la integra con el contexto, la memoria, las expectativas, el estado emocional y otras informaciones sensoriales.
Por eso una aceleración del corazón puede adquirir significados muy diferentes.
Puede acompañar al ejercicio físico, al entusiasmo, al miedo, al enfado o simplemente al hecho de haber subido rápidamente unas escaleras.
La señal fisiológica importa, pero también importa cómo se interpreta.
Este es uno de los motivos por los que la investigación actual considera la interocepción un fenómeno multidimensional y no una única capacidad que poseemos en mayor o menor grado.
Percibir, prestar atención, interpretar
Podemos imaginar varias personas experimentando un cambio corporal similar y teniendo experiencias completamente diferentes.
Una puede no advertirlo.
Otra puede detectarlo con mucha precisión.
Una tercera puede percibirlo intensamente pero atribuirle un significado que no corresponde necesariamente a lo que está ocurriendo.
Otra puede sentirlo y, al mismo tiempo, ser capaz de observarlo sin reaccionar inmediatamente.
La investigación distingue por ello diferentes dimensiones de la interocepción: la capacidad de detectar determinadas señales internas, la percepción subjetiva de nuestra propia capacidad, la atención que prestamos al cuerpo y la correspondencia entre lo que creemos percibir y lo que realmente conseguimos discriminar.
Estas dimensiones no siempre coinciden.
Algunos estudios experimentales lo muestran de forma especialmente clara. La precisión para identificar señales cardíacas, por ejemplo, puede diferir de la confianza que una persona tiene en su respuesta. Y factores aparentemente sencillos, como la presencia de estímulos externos que distraen nuestra atención, pueden modificar la precisión, la intensidad percibida o la seguridad con la que evaluamos una sensación corporal.
Desde hace tiempo utilizo una frase que resume una convicción importante en mi manera de entender y acompañar el cuerpo: “un cuerpo que siente no miente”.
La interocepción no contradice esta idea, pero sí permite matizarla.
Una sensación corporal es real como experiencia: si percibo presión, calor, tensión, palpitaciones o un nudo en el estómago, esa sensación está ocurriendo. Pero sentir no es lo mismo que interpretar. Lo que esa señal significa, qué la ha provocado y qué debemos hacer con ella constituyen un paso posterior, en el que intervienen el contexto, nuestra historia, las expectativas, el aprendizaje y el estado emocional.
El cuerpo aporta información. Eso no significa que cada sensación contenga por sí sola una explicación inequívoca.
Por eso la expresión “escuchar el cuerpo”, aunque intuitiva y útil, necesita alguna precisión.
No se trata solamente de aumentar el volumen de las sensaciones internas.
Se trata de construir una relación más diferenciada con ellas.
¿Dónde ocurre la interocepción en el cerebro?
Cuando se habla de interocepción aparece con frecuencia una estructura cerebral: la ínsula.
La ínsula es una región de la corteza cerebral situada en profundidad, en el interior de cada hemisferio, oculta en buena parte bajo regiones de los lóbulos frontal, parietal y temporal. Participa en numerosos procesos relacionados con la integración de información corporal, emocional y cognitiva y desempeña un papel especialmente relevante en la representación de los estados internos del organismo.
Pero reducir la interocepción a “la función de la ínsula” sería demasiado simplista.
Los estudios neurobiológicos muestran la participación de redes más amplias que incluyen, dependiendo de la tarea y del tipo de señal corporal estudiada, regiones insulares, corteza cingulada, áreas somatosensoriales, estructuras subcorticales y redes implicadas en la atención y la regulación autonómica.
Un estudio de neuroimagen centrado específicamente en la atención a la respiración mostró, por ejemplo, que atender deliberadamente a las sensaciones respiratorias se asociaba a patrones de actividad y conectividad que involucraban no solamente regiones insulares, sino también redes relacionadas con la atención.
Los resultados recuerdan que diferentes formas de interocepción pueden apoyarse en configuraciones neurales distintas y que no existe un único “centro cerebral” encargado de sentir el cuerpo.
Es, de nuevo, un proceso de integración.
Interocepción y emociones: ¿qué sentimos primero?
La relación entre cuerpo y emoción constituye una de las preguntas más antiguas de la psicología y la neurociencia.
Sabemos que las emociones van acompañadas de modificaciones corporales. Cambia el ritmo cardíaco, la respiración, el tono muscular, la actividad visceral y la respuesta autonómica.
Pero estas modificaciones no son simplemente una consecuencia secundaria de aquello que sentimos.
La información procedente del cuerpo participa también en la construcción de la experiencia emocional.
Actualmente existen diferentes modelos teóricos para explicar exactamente cómo ocurre esta interacción. La investigación contemporánea coincide, sin embargo, en atribuir a la información interoceptiva un papel relevante en los procesos afectivos, aunque continúe debatiéndose cómo se integran exactamente las señales corporales, el contexto y las representaciones cerebrales en la experiencia emocional.
Esto ayuda a comprender algo que observamos con frecuencia en la vida cotidiana: muchas veces sabemos que “algo está pasando” antes de poder decir exactamente qué emoción estamos sintiendo.
Quizá aparece primero una presión en el pecho, una contracción abdominal, una sensación de calor, inquietud o cansancio. Después encontramos las palabras.
En otras ocasiones interpretamos rápidamente una sensación corporal a partir de nuestras expectativas, nuestro estado emocional o experiencias anteriores.
Por eso sensación e interpretación no son lo mismo, aunque en nuestra experiencia cotidiana puedan parecer inseparables.
Cuando escuchar demasiado tampoco ayuda
Existe otra simplificación frecuente: pensar que cuanto mayor sea nuestra conciencia corporal, mejor estaremos.
La evidencia no permite afirmarlo de esta manera.
Una atención intensa a las señales corporales puede ser adaptativa en determinados contextos y poco útil en otros. Algunas personas pueden percibir numerosas modificaciones internas pero interpretarlas de forma amenazante; otras pueden tener mucha confianza en sus percepciones aunque su precisión no sea elevada.
La relación entre interocepción y salud mental es precisamente compleja.
En la ansiedad, por ejemplo, se ha estudiado extensamente la posibilidad de que determinadas formas de procesamiento interoceptivo estén relacionadas con la sintomatología. Sin embargo, los resultados son mucho menos lineales de lo que podría parecer. Una revisión sistemática y metaanálisis publicada en 2024 sobre interocepción autoinformada y ansiedad muestra precisamente que la relación cambia según las dimensiones interoceptivas consideradas.
Algo parecido aparece en otros ámbitos clínicos: no existe una única forma de “alteración interoceptiva”.
Esto cambia también nuestra manera de hablar de conciencia corporal.
Tal vez la cuestión no sea sentir mucho o poco, sino cómo nos relacionamos con lo que sentimos.
¿Puede entrenarse la interocepción?
Es una pregunta especialmente interesante y todavía abierta.
Algunas investigaciones experimentales sugieren que determinados aspectos de la percepción interoceptiva pueden modificarse.
En un ensayo controlado publicado en 2024, por ejemplo, una única sesión de entrenamiento con feedback háptico en tiempo real del latido cardíaco aumentó la precisión y la confianza en una tarea de discriminación cardíaca y desplazó la atención hacia el cuerpo. El grupo que recibió feedback visual del latido no mostró el mismo patrón de resultados.
Otros trabajos estudian intervenciones basadas en mindfulness, atención a la respiración y diferentes prácticas cuerpo-mente. En conjunto, los resultados sugieren posibles modificaciones en determinadas dimensiones de la capacidad interoceptiva y de la regulación emocional, pero la heterogeneidad de las intervenciones, metodologías y medidas utilizadas obliga a ser prudentes.
No podemos reducir este campo a una receta del tipo “presta más atención al cuerpo y mejorarás tu salud”.
Sí podemos decir algo más interesante: algunas dimensiones de la manera en que percibimos y atendemos las sensaciones corporales parecen susceptibles de aprendizaje y modificación.
Y probablemente importa tanto la calidad de esa atención como su intensidad.
Aprender a distinguir antes de reaccionar
Quizá uno de los aspectos más útiles de la conciencia interoceptiva sea precisamente introducir un pequeño espacio entre sentir, interpretar y responder.
“Tengo tensión en el abdomen.”
Eso es una sensación.
“Estoy nerviosa.”
Eso ya es una interpretación posible.
“Algo malo va a pasar.”
Es una interpretación adicional.
Y a partir de ahí puede aparecer una respuesta: evitar una situación, buscar ayuda, seguir adelante, parar, observar un poco más o hacer algo para intentar modificar lo que estamos sintiendo.
En la experiencia cotidiana, todos estos procesos pueden suceder con tanta rapidez que parecen una sola cosa.
Poder diferenciarlos no significa negar la emoción ni intelectualizar la experiencia. Tampoco significa que podamos elegir qué sensación aparece inicialmente. Significa disponer de algo más de información y, a veces, de un margen mayor para decidir cómo responder a ella.
También puede ayudarnos a reconocer antes algunas necesidades básicas: cansancio, hambre, sobrecarga, movimiento, descanso, silencio, contacto o distancia.
No siempre podremos responder inmediatamente a ellas. Pero detectarlas antes modifica nuestra capacidad de elegir.
Escuchar el cuerpo en Biodinámica Craneosacral
La atención al cuerpo constituye desde hace más de veinte años una parte central de mi trabajo en Biodinámica Craneosacral.
No utilizo aquí el concepto de interocepción para afirmar que la Biodinámica Craneosacral “entrene” o “mejore” específicamente esta función neurobiológica. La investigación disponible no permite establecer esa conclusión.
Sí existe, en cambio, una relación conceptual interesante.
Durante una sesión, la persona dispone de un contexto en el que puede dirigir la atención hacia sensaciones que normalmente pasan desapercibidas: cambios en la respiración, apoyos, temperatura, tensión, movimiento interno, sensaciones de expansión o contracción, comodidad o incomodidad.
No se trata de buscar una sensación determinada ni de atribuir automáticamente un significado a aquello que aparece.
Al contrario.
Una parte importante del trabajo consiste precisamente en permitir que una sensación pueda ser percibida antes de tener que explicarla.
A veces el cuerpo ofrece información extremadamente sutil. Aprender a reconocerla no significa convertirla en una verdad absoluta, sino incluirla entre las fuentes de información de las que disponemos para comprender cómo estamos.
Escuchar no significa obedecer ciegamente
“El cuerpo sabe” es una expresión que utilizamos con frecuencia.
Yo misma confío profundamente en la inteligencia reguladora del organismo.
Pero esta confianza no requiere idealizar cada sensación corporal.
El cuerpo informa. El cerebro interpreta. Nuestra historia participa en esa interpretación. El contexto también. Y todo ello ocurre en una interacción continua.
Escuchar el cuerpo, desde esta perspectiva, no significa creer que cada sensación contiene una respuesta inequívoca.
Significa desarrollar la capacidad de percibir, discriminar, observar y contextualizar.
Quizá la verdadera pregunta no sea simplemente:
¿Estoy escuchando mi cuerpo?
Sino algo un poco más preciso:
¿soy capaz de reconocer lo que siento antes de decidir qué significa?
Ese pequeño intervalo puede ser uno de los lugares más interesantes desde los que empezar a conocernos mejor.
Referencias científicas
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Otras lecturas que han acompañado esta reflexión
Benini, A. (2022). Neurobiologia della volontà. Milano: Raffaello Cortina Editore, Scienza e idee, 344.